domingo, 28 de octubre de 2007

La escuela adolescente ( 2 )


La escuela adolescente(2). Comentaba un compañero - sin mayor pesadumbre, por cierto, lo cual es más significativo que todo este apunte – el tránsito entre su oposición, en la que le exigieron conocimientos matemáticos de alto nivel, y su actual aposición ( de apósito) como guía en el aprendizaje. Pasamos, dice, de las geometrías no euclídeas exigidas para el cargo a las divisiones por dos cifras según el canon clásico de los cuadernos de “El Rubio”. Cabe suponer que la experiencia puede trasladarse a otros campos y, por lo que sé, a la filosofía. Por echar una tea extra a la pira del burnout digamos que en las oposiciones a secundaria el elemento sapiencial prima sobre cualquier otra variable.

En el apunte anterior cuestionaba la incidencia de la Ley en el aula – tesis tontiloca que he defiendo por calentura o prurito – y, encomendándome a Arjuna, cantaba al Dharma, al deber o a la ley eterna que debe acompañar al profesor. Este deber nos incitaba al trabajo con los alumnos – esos espacios carnales de pechos incipientes y buena provisión viral – con entusiasmo y paciencia a pesar de las menguas y contracturas que la “carga horaria” de las renovadas legislaciones nos puedan provocar. ¡Cumple con tu deber, no sigas el camino de la huida!

Sin embargo, esta llamada al deber, ¿cómo cabe entenderla? De algún modo es legítimo suponer que la Parte Contratante ha incumplido el pacto (moralmente hablando) al saltar el gran foso que separa el conocimiento experto superior (“ella” selecciona a los más sabios, por decirlo de un modo abreviado) del cuaderno de operaciones “El Rubio”. O a la ética deontológica kantiana y el ontologismo del cuaderno de actividades y la enseñanza de la redacción o la imposición del silencio y la limpieza de mesas. Si se rompe el contrato y no nos usan para lo que nos pidieron, ¿no estamos legitimados en el deseo de huida y el abandono? (Desde luego ni se huye ni se abandona materialmente el espacio porque el hambre es el hambre, pero sí se exilia espiritualmente el ya quemado antiguo opositor).

Así las cosas, ¿de qué Dharma oculto, más allá de pactos y legislaciones y estatutos docentes estamos hablando? ¿Cuál es el deber de casta del profesor? ¿Es más un brahman, señor del ritual, o tal vez un guerrero o un comerciante o agricultor?¿Puede ser el profesor un sramana, asceta o solitario ejemplar?¿O acaso es mero sirviente, esclavo o paria?

viernes, 26 de octubre de 2007

La escuela adolescente ( 1 )


La escuela adolescente. Lugar extraño en el que los virus flotan en el aire y se pegan a pechos incipientes( o ya no tanto) convirtiendo el periodo prejubilación de los brahmanes que en ella habitan – con sus viejos ritos de listas de reyes godos – en senda del ambulatorio al cadalso. Sigo manteniendo que en esos espacios de sacrificio – las aulas – la Ley es el rey lejano que sueña con pueblos bucólicos tipo Sissí o con campos de batalla heroicos donde la injusticia se vence compensatoriamente a través de la espada y la lanza integradora.

Esperamos, no obstante, ansiosos, desarrollos legislativos. Y nos imaginamos como en una película de el Gordo y el Flaco (cuyo título no recuerdo)en la que los protagonistas eran torturados en una cama de estiramiento y contracción – al modo de Procusto - y acababan menguados y contrahechos. Pues lo mismo con la filosofía después del gran timo de la EpC y en espera del bachillerato que quizás pinte en bastos..

No obstante aunque la Ley nos mengue y en la debacle uno sea tentado por la Huida - ese espacio sin mocos y palabras huecas que se dice existe en el plus ultra -se impone el cumplimiento del deber, el Dharma del maestro que adquirimos en antiguo tiempo.

Aprendamos del príncipe Arjuna, en el Bhagavad Gita. El príncipe Pandava también se siente apesadumbrado ante la cruel batalla en el que ha de matar a sus propios parientes y desearía optar por la deserción . Su auriga –Krishna travestido - le argumenta sobre la necesidad del combate en nombre del deber que como guerrero tiene. Se nos impone el deber y como abandonemos esa senda sólo nos quedan dos caminos – según Krishna – la sabiduría del solitario o la devoción. El resto es sombra.

La escuela es espacio de mocos lo diga la LOE o la difunta LOCE. Y en los pechos incipientes es preciso tatuar listas de reyes godos y semillas de las trayectorias soñadas por – esperemos – algunos de los mejores de la especie.

lunes, 8 de octubre de 2007

Apocalipsis y precariedad predictiva

Habla Miguel “Boulesis” del Apocalipsis y su presencia (o su sombra) e incluso de un deseo oculto de que el acontecer – el único acontecimiento que merece ese nombre ¿no es el Apocalipsis? - tenga lugar. Algo sucede y se interpreta como diabólico, auténtico 666: ruido y furia, riesgo feroz, injusticias que enmudecen al mismo Dios, verdades incómodas, hipnotismo generalizado... El que desea el Apocalipsis o lo diagnostica o lo cifra(en tesis, en poema, en relato, en fórmula) se siente, en el corazón de la pesadumbre, iluminado. Filósofo y profeta

El Apocalipsis es un género – todo un clásico – y muchos somos los aficionados al mismo. En mi caso llevo ya mucho tiempo esperando la novedad, el golpe del sentido o la iluminación. Demasiado joven para morir, demasiado viejo para el rock´n´roll – me digo. El Apocalipsis es la lista de créditos de esta película tragicómica, donde se anuncian al ingeniero de sonido, se pone nombre a esa melodía que tanto nos ha gustado y se nos dirige hacia el autor de los efectos especiales que nos partieron el alma del susto. Supone el fin de la película, claro, pero ¿no estamos cansados de la trama?.

Cuando pienso en el Apocalipsis traigo a mis mentes a Boecio – esperando la muerte y consolado por la filosofía en el fin del Imperio. ¿Percibió Boecio el límite último de su mundo? No nos engañemos, todo llegó con excesiva familiaridad. Por eso cabe nombrar el suceder como “agónico” porque no fue “golpe de mano de la providencia”.

Creo que el grado de conocimiento que implica el diagnóstico apocalíptico es demasiado para nuestra precariedad espiritual. Pienso que, de darse un genuino cambio radical, si lo auténticamente Otro se anunciara con jinetes pálidos de “fame, bello et peste”, no nos enteraríamos, el suceso tendría lugar como en otra dimensión y sólo pasados los años, ya muertos, cabría vivenciar la mutación. Dicho de otra forma: sólo un Cagliostro - o el célebre Vlad el Empalador - que pudiera recorrer humanamente las centurias en virtud de pócimas o filtros egipcios aprehendería el cambio. Sin embargo, cuentan los relatos que la vida del no muerto es, más bien, aburrida. Como si nada fuese novedoso.

No negamos, por tanto, la magnitud de los problemas pero quizá tampoco sea correcto abrir puertas de Apocalipsis que, en muchos casos, hipnotiza más que despiertan conciencias y nos hacen esperar que Alguien nos salve(¿ese dios por venir?).

Que la filosofía nos consuele.




sábado, 6 de octubre de 2007

La altamente estúpida, indigna y babosa polémica de la Educación para la Ciudadanía (así, con mayúscula o en siglas EpC) seguramente tendrá la ventaja de que conducirá de nuevo a las almas puras hacia el camino del espíritu (sic, con minúscula de precariedad). No todo va a ser jodienda: gente que habla porque tiene boca (algo se desalojó de ella en instante nefasto), desveladores de Mediterráneos o asignaturas menguadas. Los profesores de ética, condenados a la impotencia causal (al menos en las comunidades populares – jó – que dejan la cosa a una hora que no al mes pero sí a la semana), están, por lo tanto, a un paso de neutralizar el karma y a dos de alcanzar algún tipo de iluminación portátil ---- y mala pintó la cosa, queridos camaradas, en otras vidas pues en el presente nos azotan los residuos kármicos con tanta insistencia.

Así que eso, ¡ al espíritu y a las cosas mismas!. Mantra a mantra.


Se me inició la temporada con trabajos intempestivos novedosos que me apartaron del hábito de la bitácora – es decir, de la lectura de lo que dicen por ahí los lugares hermanos y de la escritura. Quizá esto signifique que el silencio ha pasado (aunque ¿a quién le importa?)

Los seres vacíos inician el trayecto con una devoción renovada hacia Campanilla. Se dice de ella que es tan pequeña en su espíritu que sólo admite un estado de conciencia: o es endiabladamente buena y fiel a sus amigos o, con igual pasión, se entrega a la traición y la maldad. Su amor a Peter, por un asuntillo de celos vía Wendy (esa arpía infanta), conduce a la alianza perversa con Garfio. ¿Un error? No porque no cabe la doblez reflexiva. Tocaba eso, la traición, como luego toca la expiación y la algún día la muerte.

Los seres vacíos, como cuevas en el mar, absorben y vomitan cuanto pecio trae la marea. La espiritualidad que roza extravíos o el espectáculo burlesco se movilizan en la superficie de sus menguados corazones. No en vano solo aceptan una dimensión, sin profundidad alguna.

miércoles, 12 de septiembre de 2007