lunes, 6 de julio de 2009

Autobiografía o autopoiética


Mi primer poema rimaba en pretérito
imperfecto.

Mi primer poema estaba escrito en un cuaderno de la Caja del Círculo (verde el cuaderno / gris la Caja) .Y en la contraportada podía leerse:

“Familia que ahorra, familia feliz”.

Mi primer poema soñaba(falsamente) parusías e imaginaba el fin de la historia y todos los conflictos. Trataba de
“una porra que no pegaba/
y de un hombre que la amaba”.


(Cito de memoria: el cuaderno de la Caja fue destruido hace mucho tiempo).

Y ahora, tantísimos años después, pienso que esa fijación mía con el pretérito imperfecto de indicativo de la primera conjugación no es sana ni cabe esperar de ella nada. Manifiesto: “No utilizar el pretérito imperfecto de indicativo, con especial prohibición de la primera conjugación.”

No he nacido para cumplir manifiestos (no por inteligencia postpoética sino por la debilidad del buey idiota). Recitar aquel “era una porra que no pegaba / era un hombre que la amaba” me provoca una malsana excitación que me arrastra hacia vicios privados que son impedimento y lastre de toda poética. Salvo la mala.

viernes, 3 de julio de 2009

RECONSTRUCCIÓN DE UN CIERTO ESPEJO NEGRO (y IV)


La sangre se extiende y mancha su vestido. Unos ojos negros como la imposibilidad del perdón miran la cara apagada de la niña y se debaten entre la inmensidad de un placer que culmina y el arrepentimiento que como un relámpago clarea el alma.

Después llega la ocultación y el ascetismo. Hundido el cuerpo entre las telas de su túnica, el lógico esteta mira el atardecer y castiga sus ojos cerrándolos cuando los rayos del sol van a anunciar la esperanza de una humanidad que clausura sus negocios y sale a las terrazas para combatir el calor. Desea escribir pero golpea su mano. Se corta el pulgar. Se arranca un ojo para, finalmente, dejarse llevar por la aceleración nerviosa de su corazón. El corazón recuerda el momento de la furia, cuando el chorro de tinta escribió en el cuerpo ausente la palabra belleza. Se ahoga de nuevo en el placer y se excita en la expiación, el castigo y la renuncia al mundo.

La luz verde acaba borrando la sangre, devuelve color a la cara de la niña que no sonríe. Ha pasado quizás un año. La pena está cumplida y el libro finalmente culminado, en manos de las institutrices, hace soñar a las mariposas, a las ninfas, a sus padres. La luz tacha la vulgaridad de la carne abierta porque la subraya con toda la paleta de colores. La gran mentira del color.

La hermana de Gregorio Samsa toma un autobús en Praga y siente el primer signo de su menstruación. Sonríe a sus padres y olvida a Alicia en el maravilloso mundo de las tardes de té en casa del reverendo aficionado a la fotografía.
La estética, moribunda, resucita en la religión (la ética se refugia en los intestinos de los cínicos)
Imagen: Silencio de los corderos

jueves, 2 de julio de 2009

RECONSTRUCCIÓN DE UN CIERTO ESPEJO NEGRO (III)


La noche del cazador llega finalmente. Se intentó una vez y otra quedó frustrada por un incierto sabor ocre en los oídos. Pero hoy es la ocasión, el momento alcanza su masa crítica de sumandos. Todo será suave y encantador y, para ello, repasa la línea de los labios, se recorta las uñas de manos y pies buscando la parábola perfecta que evite el arañazo, la sensación de garra que quiere evitar porque no se imagina él sacrificio sino entrega, encuentro de almas que finalmente definen su puridad, la maravilla buscada.

Por eso no importa que la noche depredadora sea tarde soleada, ni que al otro lado de las cortinas alguien ría un chiste. El calor canta su melodía de mes de julio y él tiene preparada la parusía estética, el final de la imagen y el relato con el que ha ido envolviendo los mohines y las preguntas perplejas de su amiga. Y allí está ella dispuesta a una nueva aventura, embebida del humo del gusano opiómano. La ropa caída como en sueño o elevada por un curioso sistema de poleas invisibles, como en cuadro de Balthus. La mujercita que simula el sueño – él así se lo ha pedido - sonríe cuando suena una canción de Shakira. Finalmente, pues, el relato no va ser concluido (será reescrito para otros, ocultando claves y purificando las pasiones en la gramática).

Acaricia su pelo y deja que la pulcritud se torne olor a cerveza, mucosidad de diverso pelaje y la sensación de que un tranvía nos atraviesa la carne. La mano gentilmente blindada por la fuerza animal cancela la boca para la palabra y el beso. El cobre se despertó clarín y óxido. La niña no puede imaginar otra cosa que un paseo por el parque de los tilos.

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La niña llora. La sombra del horror se ha posado entre sus labios, su pecho, sus piernas. Humedecida por la viscosidad de un mal olor desea, al borde de la inconsciencia, una llamarada abrasadora que la exilie.


La estética enreda a la ética en el juego de la lógica implacable del depredador.

Imagen: el silencio de los corderos

RECONSTRUCCIÓN DE UN CIERTO ESPEJO NEGRO (II)


ALICIA:
Una huella blanca reposa borrada en el muslo

Número uno: Está Jodie Foster en el papel de Clarice Starling, dentro de la casa de Búfalo Bill, con su pistola preparada pero a oscuras. Es malo no ver . Cla-ri-ce respira asmática. Y en esas el psicópata se coloca su aparato de visión nocturna y persigue - insinuándose como sombra - a la pobre Jodie que, en ese momento se torna Iris, la chica de Taxi Driver: una niña desvalida pero armada. Bill nos narra con sus gafas un acoso en toda regla: ella siente que algo pasa a su lado pero es incapaz de comprender qué ni cómo ni dónde. Es el inicio de un malestar perdurable, de un demonio en el corazón. Es posible que el disparo final acabe con la pesadilla de los corderos pero ¿no se ha iniciado la de las mariposas en la noche?

Número dos: Alicia no va armada. La niña y su memoria, de vuelta del paseo en barca, reconstruyen lo aprendido esa tarde. Una mano y una boca salieron espesas de la narración como lenguas de gelatina o hígado. A Alicia le gusta muy poco el hígado y algo la gelatina. Alicia repasa como si de una lección de la escuela se tratara lo que "tito Charles" le ha enseñado esa tarde. Una clave antigua fuerza al olvido detrás del deleite ("¿a que es divertido?" – decía el hijo del perro). El dolor asomó sus alfileres muy poco. La curiosidad se escurre por los detalles y ella, por un momento (hasta que llega la hora de la merienda que todo lo ordena), asume la presencia del mundo como mejor puede hacerse: sin entender nada.

Número tres: Alicia ha sentido la presencia de algo en la oscuridad. Pero no tiene pistola, no puede por intuición o a lo loco, matar a la bicha que no se sabe si pupa o mariposa o gusano. Alicia ha recorrido el pequeño lago escuchando una bonita historia pero no entiende por qué debía moverse tanto, ni por qué se subió el vestido para evitar que se manchara, apartar una abeja o hacerse una foto. Ignora por qué siente sombras cuando posa aunque le divierta un montón hacerlo. No acaba de entender ese momento en el que el alegre Charles tocó con el pulgar su muslo de un modo tan vigoroso (y menos aún por qué a partir de ahí dejó de hablar, remó con fuerza hacia la orilla y no le quiso confirmar si mañana volvería a leerle la aventuras disparatadas de la otra Alicia, la que vive al otro lado del visor, la apuntada con un pistolón disfrazado de ingenio y lógica).

La estética en el límite (Lo bello y lo siniestro). La ética en un tris tras: el espacio de lo impropio (o quizás, sólo, lo inconveniente).


Imagen: Alicia, by Carroll (Dogson)

miércoles, 1 de julio de 2009

RECONSTRUCCIÓN DE UN CIERTO ESPEJO NEGRO (I)


ALICIA

La niña juega, delicada y salvaje. Sus hermanitos, al parecer, han optado por la huida hacia el bosque o el parque después de la pequeña paliza. Ella se revuelve en el suelo un rato, canaliza la ira en expiraciones ruidosas y finalmente se queda tumbada boca abajo, con la falda casi en la cintura. Balbucea tierra y polvo. Se da la vuelta para limpiarse el verde de la rodilla y humedecer con su saliva la herida del codo. Le mira. Le sonríe y vuelve a dejarse caer en la tierra para tramar alguna sutil venganza.

Una sonrisa - la sonrisa y la caricia son los argumentos fundamentales para matizar cualquier materialismo – se refleja en los ojos del lógico esteta. Sus ojos tienen patente de corso - concedida por la filosofía y el arte – y se enredan en los pliegues de la ropa y detectan más de siete franjas de luz que merecerían ser memorizadas. Se toma nota en silencio, siempre en el maldito silencio.

Para hablar el lógico esteta necesitaría escribir un libro. Quizás un cuento sobre una niña a la que se somete a un viaje para mayor gloria de los puntos de luz y la gama de colores. El bueno del lógico esteta se lo piensa. Duda. ¿Por qué expresar cuando cabe la visión, la contemplación y el silencio plácido? Sabe que la expresión de las luminarias encontradas entre las cosas está siempre a un paso del ridículo y a dos del escarnio.

Al atardecer la hierba se sube encima de la mesa y oculta la taza de té. Acaricia la mano del buen lógico y éste comprende que el verde le está hermanando con la niña. Se inicia el paseo y la expresión. La maravilla de las maravillas expía cualquier torpeza de la piel o la boca. La barca navegará por el río . La niña, con los ojos cerrados, escuchará su propia historia mientras su cuerpo y sus ropas se tornan porta aeronaves de las siete franjas de luz dignas de ser memorizadas.

Estética gloriosa e impasse ético

Imagen: Retrato de Alice Liddell, Charles Lutwidge Dodgson,