
El profesor guerrero se muestra en su mayor puridad en los primeros años de profesión. Aunque el guerrero de casta muere ejecutando su dharma. Soberbio, no es ingenua su confianza: de hecho tiene poderes y conoce las técnicas de dominio en el momento en que la virilidad juvenil acompaña la ética y la estética. Además, no ignora que la educación siempre es una institucionalización de la violencia – y no teme la perspectiva. Su opuesto es el pusilánime, categoría de la que no merece la pena ni hablar. Cuando pienso en el profesor guerrero me viene a la mente Savonarola, aquel predicador dominico que incendiaba conciencias e inmuebles, y también Antonin Artaud - que, por cierto, hizo de Savonarola en una película de Abel Gance. Hablaba Artaud de la necesaria crueldad del teatro y el profesor guerrero sabe que su pedagogía es 99 % pura teatralidad artaudiana:
“El teatro, como la peste, es una crisis que se resuelve en la muerte o la curación (...)la acción del teatro como la de la peste, es beneficiosa pues al impulsar a los hombres a que se vean tal como son, hace caer la máscara, descubre la mentira, la debilidad, la bajeza, la hipocresía del mundo, sacude la inercia asfixiante de la materia que invade hasta los testimonios más claros de los sentidos”( Artaud: El teatro y su doble)
Yo me he sentido guerrero y sé del gozo de la conquista y del rigor del deber que la acompaña. Sin embargo....

Quizá el profesor guerrero quiere ejecutar una tarea que no es apropiada para el recinto escolar. ¿Es la escuela el nicho adecuado para la violenta ironía que hace caer las máscaras, ofrece la crueldad de la crítica y rompe el virgo del prejuicio materno? Es posible que existan mejores espacios. Por otro lado, el gran peligro del profesor guerrero es que acaba por embriagarse de su poder destructor y in –pro - vocador. El movimiento, la oscilación de los alumnos y sus conciencias acaba por convertirse en un fin en sí. En ocasiones, como consecuencia de lo anterior, el guerrero acaba por fijar su objetivo en una única idea –pierde la complejidad de las “ideas” que pareció abrazar en algún momento – y , a diferencia del brahmán, se niega a convertirla en esquema por miedo a que se muestre su vacuidad (“el rey está desnudo”), creando desconcierto entre sus súbditos. El profesor guerrero, que parecía incovocar al gran Shiva, puede terminar siendo un mero siervo de la oscura
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(CONTINUARÁ)