La literatura y el arte nos muestran la enorme aventura del viaje y nos incita provocadoramente al mismo. Don Quijote salió a dar una vuelta por una tierra llena de princesitas encantadas y abencerrajes para dar envidia al más sendentario Alonso Quijano y a sus amigos, evidentemente apalancados en tertulias de botica y partidas de naipes.
La literatura y el arte nos enseña que todo viaje es tontería pues las más grandes aventuras tienen lugar en habitaciones cerradas (Samsa), subiendo o bajando una escalera (Cortazar) o mirando a la bendita Alicia en algún parquecillo de la primavera londinense. Con los cronopios aprendimos a ser cosmopolitas en la provincia y alcanzar las más altas cumbres del exotismo en el patio trasero de una vivienda sin ascensor ni vistas.
Viernes. Ayer.
Visito una exposición en la que muestran las Tablas Hispanoflamencas de la Iglesia de San Esteban de los Balbases. Me cuentan, en bonitos carteles anexos, cómo han procedido a la restauración de estas obras --------- y me entusiasmo con la explicación; pienso que me gustaría mancharme las manos limpiando tablas hispanoflamencas y defendiendo este legado del ataque de los xilófagos (¡Muerte al xilófago!) "combinando microproyección e inyeccion de insecticida". Una vez resuelta la batalla, cansado, me sentaría en una esquina - con un té o un vino - y dejaría que una bella (aunque madura) mujer siguiera el proceso de restauración. Allí sentado, quizás con música de fondo, mi hermosa restauradora procedería a la "reintegración cromática de las pérdidas de la película pictórica mediante técnica impresionista de tratteggio (realización de una red de trazos de color yuxtapuestos que permite la visualización de las zonas reintegradas a corta distancia, integrándose totalmente en el conjunto)". Ser capaz de aplicar la técnica de tratteggio me parece más erotizante que toda la imaginería de Newton (Helmut, claro, no Isaac). De lejos.
Embelesado por estas imágenes de restauración, sigo la senda de las tablas y me divierto con la Leyenda Áurea de Santiago de la Vorágine - eso sí es un viaje - y las tablas deliciosamente restauradas. Hago fotos con el móvil a algunos demonios. Reflexiono sobre lo que significa ser artista hispanoflamenco en los Balbases. Es decir, ser artista de pueblo. Del maestro que realiza estas obras se dice parece evidente que posee una formación nórdica - por eso de ser hispanoblamenco, marca registrada, y que o es "un artista extranjero radicado en Castilla o bien un pintor español buen conocedor de la pintura flamenca". Flipo con la conclusión (o es o no es español) y pienso que se les olvida la posibilidad de que fuera un lugareño sin más estudios que los del mortero y el adobe y que por inspiración de las musas o dios - como el zapatero Böhme - desarrollara un estilo hispanoflamenco en la meseta (es decir, en la nada que nadea). Nadie cree ya en la magia. Una pena.
Pienso en lo que significa ser escritor de pueblo. O mejor: escritor posmoderno de pueblo. Y siento una profunda simpatía por el maestro de los Balbases y me identifico con él en los largos veranos de la meseta. Siento que viajo. Concluyo que, en virtud del multicentralismo posmoderno y la glocalización, no tiene sentido hablar de posmoderno de pueblo. Soy tan provinciano como un chico de Nueva York
Día de los difuntos. Recorro un mercado de flores. Me detengo en los puestos y veo criaturas tan hermosas que estoy en un tris-tras de ser infiel a mi orquídea. Sobre todo cuando me llega su perfume. La tentación es grande. Doy gracias a los que se acuerdan de los muertos y todas las flores, al maravilloso otoño y... caigo en la tentación con un centro de a veinticinco euros (y sigo sin saber el nombre de esas flores).