lunes, 25 de octubre de 2010

ESPACIOS DEMOCRÁTICOS


Exit through the gift shop.

Dice la leyenda que en los albores del siglo XXI los grandes Centros Comerciales - incluida toda la mercadería del espíritu (museos, exposiciones, recitales y conciertos) - fueron considerados por las masas y sus élites como nuevos templos de una religiosidad diluida en gelatina de vainilla. Sin embargo, llamó la atención de Bicéfala que, según recordaba de los cromos de su infancia, en las antiguas iglesias la pila bautismal se ubicaba a la entrada del templo mientras que en los Centros Comerciales del presente la conversión al círculo de los elegidos a través del pago en caja de los lácteos y embutidos tiene lugar al final, a la salida. ¿Es irrelevante el cambio? En el templo religioso, el compromiso con el sistema de las creencia tenía lugar antes de recibir los dones, cuando aún la participación plena en el sacrificio del dios y su deglución era sólo promesa. La fe anticipaba, con toda su carga de sin razón, violencia y voluntad, el simulacro de la transustanciación que era recibido como premio a un esfuerzo de locura. En el Centro Comercial, por el contrario, nos comemos a los dioses-objetos y, más tarde, entramos en la comunidad de los elegidos a través del paso por caja. Todo de forma racional y sin posibilidad de frustración porque la transustanciación de nuestra alma en consumidores satisfechos ya se ha producido cuando elegimos el objeto del estante. Pagamos por lo ya hecho como quien paga a Babilonia después de la fornicación babélica.

Sólo se paga si se compra y en la medida en que se compra. Sin desproporción.

Parece que los museos y grandes salas de exposiciones están empezando a colocar la tienda de souvenires en el final de trayecto. Podríamos pensar - para un futuro no muy lejano - en un pago por visión de las obras en el que, de un modo racional y respetando los derechos de la ciudadanía, sólo nos comprometiéramos económicamente con la comunidad de visitantes si lo visto nos ha conmovido. Así, por ejemplo, en la exposición miramos el cuadro y, al final, compramos el catálogo como confirmando la habilidad del curator. O una estampita o corbata estampada. De extenderse la práctica, la recepción del objeto artístico perdería ese aura de entrega estúpida a un capricho y desproporción que todavía podemos encontrar cuando se percibe al visitante forzándose a la comprenisón del fenómeno artístico porque está en el canon y debe sublimarnos o no está en el canon y, aceptando su provocación trans-post- retro- vanguardista, nos empeñamos en aceptar su ruptura, novedad y da-que-pensar-aunque-no-sé-en qué.

Que se bautice y comprometa sin catar la experiencia la prima Rita. Democraticemos el conciliábulo. Sólo es arte si me pone.




Cabe suponer que todo significa algo.

3 comentarios:

Stalker dijo...

Agudo y afilado, como siempre, LUG.

Permíteme, sin embargo, una pequeña objeción a esta frase:

"la transustanciación de nuestra alma en consumidores satisfechos ya se ha producido cuando elegimos el objeto del estante".

La clave está en el adjetivo "satisfechos", porque precisamente eso es lo que no pretende el sistema de consumo, que es una devastadora máquina de insatisfacción que genera más y más deseo y necesidades virtuales en un eterno retorno de un desasosiego que incita a la compra compulsiva.

(Sigo insistiendo en mis recomendaciones de libros de la entrada anterior, para una reflexión lúcida sobre la sociedad basura y la mercantilización, des-contextualización de las obras del arte y el kitsch como "arma del imperio", entre otras cosas)

Por otra parte, debo ser de los pocos a los que no gustó el documental de Banksy, por sus intrínsecas carencias cinematográficas, aunque muestre, no sin sorna, los entresijos de un sistema podrido capaz de convertir en artista a un solemne majadero.

salve, bicéfalo

LUG dijo...

Me parece oportuna la objeción y evidente que el mecanismo de consumo debe tender a generar insatisfacción en el proceso total porque nos quiere tan flexibles como el hombre sin huesos. De nuestra transmutación gelatinosa depende su subsistencia. Sin embargo no me parece menos oportuno anotar que al elegir un objeto del estante - un cuadro en el museo, un arroz exótico en el hiper - se da un momento de satisfacción o, más lejos, de realización (o moldeado de la informe gelatina) o, más allá, de transustanciación del pobre tipo (sin huesos) que somos en el simulacro de un visionador gozoso del arte o de gourmet. Sin esa culminación placentera (idiota y majadera, pasajera y caricaturesca) no se explica el acto de pasar al interior del hiper-museo como quien entra en el templo ( pero sin "apuesta" o "salto" o "pago de sinrazón"...) Por otro lado, no sé si esa apuesta por la sinrazón del pago sin ver que interpreto en la pila bautismal a la entrada - en oposicón a la caja registradora o la tienda museística a la salida - sea alternativa, digno objeto de melancolía o esperanza.

Desde luego, tus recomendaciones bibliográficas, no se olvidan y cogiendo de los pelos el verso de Bonilla quizás pueda concluir diciendo que nunca fue tan bella la basura.

Respecto a Banksy, no tengo compromiso alguno de fidelidad así que acepto tanto un interés estético (y político) por su avatar propagandístico como tu alusión a un majadero enmascarado.

Agradecido, camarada, por tu anotaciones.

Stalker dijo...

LUG:

el majadero no sería Banksy sino Thierry Guetta, protagonista del documental...

Quizá todo se explique en un doble movimiento de satisfacción-insatisfacción, una especie de double bind o simulacro que actúa en dos direcciones: centrífuga y centrípeta, adentro y afuera, sístole y diástole, movimientos del depredador-consumidor que ha llegado a ser el "ciudadano" en la polis actual, después de todas las degradaciones ontológicas pertinentes.

Celebro tu frescura y tu sana ira, hermano,

salud