miércoles, 21 de abril de 2010

DESGANA. Einmal ist keinmal: una vez es ninguna (La insoportable levedad del ser)


"Antes de que se nos olvide seremos convertidos en kitsch. El kitsch es una estación de paso entre el ser y el olvido" (Kundera: La insoportable levedad del ser)

Este hueco bicéfalo me carga de responsabilidad y me incita a sentir el peso del cosmos en mi espalda y los clavos de Cristo en las manos. No en vano el rincón de los seres vacíos es lo que perdura en la oscilación epiléptica de mis imágenes, emociones y expectativas. Todo lo demás muta. Retorno a esta oquedad que define una de mis formas de estar solo y carezco de razones que justifiquen el inicio de la meditación cuando el escribir se tiñe de desgana y tecleo como el que pone velas esperando el milagro de la "gana" y, en el éxtasis, de la ganancia. Quiero ganar y no me avergüenzo. Un aplauso, un beso, un millón de euros. El orgullo y la visibilidad.

Sabina se mira en el espejo ironizando la simplificación de su persona en un detalle - el sombrero - o, más allá de la novela de Kundera, en el erotismo de pacotilla de Lena Olin con liguero y encaje. Sabina sonríe de gusto/ con gusto al verse interpretada por la Olin y adoptar esa posición cuadrúpeda sobre el espejo. En su madurez acepta ser atravesada por lo kitsch.

Lo kitsch es una momificación sonriente, sentimental y en colorín de la complejidad de las emociones y los conceptos. Toda palabra es kitsch porque momifica conceptos y emociones. Mi sonrisa y mis ojos tristes son mi kitsch identitario. Mi cruz y mi espada.

Todo reflejo - en los ojos de otros o en los propios, en las palabras dichas o escritas - nos convierte en kitsch de nosotros mismos y podemos ser conscientes del proceso a poco que cerremos un poco los ojillos. En el estado kitsch descargamos la infinita tensión agónica de nuestros sentimientos en palabras de factura discreta - amor, frustración, apatía, obsesión, amargura...- y, aunque pretendemos liberarnos de la simplificación del enunciado con diversos arabescos de sintaxis compleja, matización, búsqueda del detalle significativo, etc., finalmente caemos en el kitsch, en la esquematización amable y rosada, la quiebra de la inteligencia por amor a la dictadura del corazón, la nostalgia idiota, "el acuerdo categórico con el ser"... por citar algunas de las ideas de Kundera.

Escribimos y, al cerrar el texto ("publicar entrada"), una sonrisa idiota rubrica que hemos transigido con las cosas, con los lugares comunes, con las palabras ya dichas que ni siquiera hemos comprendido. Hemos caído en la trampa de decir te quiero, te odio, qué hermoso, qué interesante, qué sorpresa, qué descubrimiento, qué decepción...

Creo que la escritura con vocación terapéutica ( y todo diálogo como cuidado de si/ cuidado del otro) siempre se encuentra martilleada por el dilema de la sinceridad imposible. Aquella idea de Pessoa sobre el escritor como fingidor me parece insuperable. La sinceridad que la terapia parecía exigir se quiebra y, en la narración clínica, acabamos fingiendo emociones, cadencias, timbres... La escritura que se exhibe convierte la intimidad en kitsch de sí, bibelot - y poco importa que sea o no leída, lo relevante es, siguiendo en Kundera, el gesto de la exhibición que se desvela incluso en el diario íntimo y, básicamente, en toda la escritura- .

La lente con la que pretendemos vernos - el espejo de la Sabina de Kundera enel que ella se ve con sombrero - se desliza arbitraria impidiendo la justa (y santa) distancia. Se cae en la trampa de la musicalidad de las palabras o en el chisporroteo especulativo o poético de los muy divergentes sentidos.

Escribir con desgana - esperando ganancia - exige este tipo de explicaciones.

(Nota: Leí el libro de Kundera hacia 1986 0 1987 - época de juvenil soberbia postmoderna, puta mili y oposiciones. No acabé de encontrarle el punto. Lo intenté de nuevo hacia mediados de los noventa con escaso éxito aunque, al parecer, subrayé abundantemente el libro. Ahora, en tercera lectura, la historia de Tomás, Teresa y Sabina me ha resultado existencialmente interesante. Y he descubierto, en mi propia perspectiva escribiente, pinceladas de kundeirismo. Supongo que es una prueba de que el tiempo, efectivamente, pasa.
Gracias a la persona anotó mi kundeirismo y me ha incitado a la relectura).

Imagen: Lena Olin, como Sabina, en La insoportable levedad del ser dePhilip Kaufman (1987)

Música: Nena: Einmal ist keinmal

3 comentarios:

PÁJARO DE CHINA dijo...

Nos exhibimos y hacemos click en "publicar entrada" porque queremos que nos quieran. Eso es todo.

Y sí, somos kitsch como los enanitos pintados de los jardines domésticos. Por esto tan vulnerables y tiernos.

Yo a Kundera me acerqué hasta quemarme, me alejé hasta la indiferencia (nunca total) y volví a acercarme porque algunas imágenes no se borraron de mi cabeza:

que el kitsch es la negación de la mierda de Jesús (un Jesús que no caga).

que las madres violen con total impudicia (como la madre de Teresa) los diarios íntimos de sus hijas.

que Teresa llegué a Tomás como los pájaros a los hombros de un santo, o una niña abandonada en una cesta río abajo.

que Teresa y Tomás amen de tal forma a su perra Karenin y la despidan con la tristeza atroz que a mí me asfixia de solo pensarla.

que Teresa no pueda dormirse si no es aferrando la mano de Tomás.

que piensen que la felicidad de Karenin (y, por ende, la felicidad) está ligada a la ley de la repetición: a saber que encontraremos, a tal hora del día, lo que buscamos (el hueso, la caricia, el paseo).

que Teresa y Tomás alcancen a ser felices en un baile de pueblo y de regreso a casa se estrellen en la ruta.

¿por qué es tan difícil vivir en la felicidad? (para mí en todo accidente hay señales). cotiza mejor vivir y escribir desde la tragedia, pero aceptar la felicidad cuesta, cuesta mucho a veces. uno piensa que deberá pagar peaje, que habrá un precio a pagar.

Qué pedazo de mujer es Lena Olin. Todos eran bellos en esa peli. Day-Lewis siempre me gustó, pero Binoche, ay Binoche ... es el ángel caído ...

Te abrazo fuerte (estoy desayunando de a poco las depredaciones).

P.S. ¿Y si una vez contuviera todos las veces precedentes y marcara definitivamente las veces futuras? (una vez refulgente, radical, de esas que te dan vuelta como un guante).

PÁJARO DE CHINA dijo...

P.S. (II): Tu cabeza gira como las figuras de los caleidoscopios. (Dijo Cortázar en alguna parte de Rayuela, preciosa: "Patterns pretty as can be, pretty as can be ...").

Lug dijo...

¡¡Quiero que me quieran, Pájaro de China!! Incluso podría desear que me odiaran, si no hay más remedio, para obtener ganancia de visibilidad. Supongo que hasta los timidos y secretistas buscamos esa visibilidad.

Que caemos en el kitsch, en la imagen sin tensión, es condena. Nos convertimos (es la imagen que ofrece Sabina) en la Manifestación de Primero de Mayo de nosotros mismos.

Mis emociones hacia Kundera se han movido en el pasado - coincido contigo- entre cierto entusiasmo(sin exageración) y un ligero bostezo. En su día me gustó más la película que el libro. Por eso me sorprende que hoy el retorno a "la insoportable levedad del ser" me haya resultado muy satisfactorio(y, la película, me resulte menos interesante). Si me sucediera lo mismo con todos los libros que he leído creo que tendría que dejar de leer cosas nuevas y centrarme en el análisis clínico de mis reacciones en el pasado y en el presente ante las mismas historias, imágenes o argumentos.

El capítulo final - la sonrisa de Karenin - me sorprendió especialmente.

Un beso binochiano y saludos a los perros.