"La concentración en las pequeñas cosas ..... Siempre he tenido vocación por el detalle, por nimiedades que otros despreciaban. Eso, creo,..... me llevó a disfrutar de técnicas donde el pequeño detalle dejaba su pequeñez para convertirse en la clave del proceso y del resultado. La precisión en el dibujo técnico, la finura del grano de resina en el grabado, la leve alteración de un punto de vista o un enfoque en la fotografía o el juego que establecen dos colores en un cuadro podía, y puede, embelesarme durante horas. Aprecio el detalle de las cosas pequeñas en cada acto cotidiano, lo que me convierte en maniática a ojos de muchos. El hecho de que la ropa se doble de una determinada manera, que el té esté menos cargado de lo que debe o la ensalada tenga troncos en lugar de hojas puede amargarme el día. El valor que doy a mil cosas está mediatizado por el detalle y lo visual es el primer paso. La evolución del gusto, la educación y las prioridades están marcadas por las pequeñeces, que sen convierten en grandezas de las que disfrutar o con las que amargarse, cuando no encajan en el modelo. Los estados de ánimo chiquitos encajan también en esas pequeñeces..... ese detalle es el que separa lo importante de lo irrelevante y el que selecciona a las personas que merecen la pena y son capaces de ver el mundo y extraer de él la maravilla.
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Comentar un texto,
el texto que origina el proyecto - aunque, en cierta manera, ese texto es el precipitado de un proceso químico(sí, químico: empático) que viene de antes, de la realidad de las pequeñas cosas que se fraguan en el fondo o en la superficie de la conversación y la escritura(como la capa exterior de un bote de pintura que se seca y comienza a signar, ocultando el fluido interior, la geografía y el mapa). Comentar
un texto que viene a negar en parte lo que aquí se ha sostenido sobre la cartografía de las pequeñas cosas. La primera meditación ya traiciona el programa - ¿tiene programa la
cartografía de lo chiquito?. Se exige vórtice y giro. Retorno. Hermenéutica. Terapia de escritura.
Son las 07:11 del domingo 6 de diciembre. Muevo caótico en cursor y dejo que florezcan textos, caras, gentes que en este orden virtual se exhiben y se esconden. Veo caballos. Visito a Susana y a Mariel y el azar me conduce a un proyecto editorial -Geometría del Desconcierto. Leo una voz anónima en mi blog. Me agrada. Me duele algo en el cuerpo, en una zona entre el estómago y la espalda (o son los nervios que abrazan toda ese espacio como niños malcriados que no asumen que yo pueda adoptar posturas no-higiénicas cuando leo). Malas posturas, malas calles, malas emociones que me taponan y que que me conducen otra vez a esta entrada ayer iniciada como borrador, como nota-blog oculta, esquema, boceto. No pensaba recobrarla ahora, quiero decir,
ahora a las siete de la mañana, porque
pensaba pensar sobre Mies van der Rohes y el pabellón de la exposición universal de 1929 o sobre Natalie Portman en
My Blueberry night. Aparece de nuevo el texto, el texto que nace y no nace de mí pero que yo no he escrito y, por eso, es otra voz, una voz que anuncia habilidad técnica (esa que yo no tengo) y una extraña y oscilante templanza. Una voz que me califica de
señor serio y centrado con cajitas de sorpresa en el interior. Un texto que funda toda la reflexión sobre las pequeñas cosas y que, como he dicho, violenta lo que ya he dicho sobre las pequeñas cosas.

Las
grandes cosas - Salud, Dinero y Amor o Poder e Historia o Escritura y Obra - precisan siempre del pequeño detalle que las engrandece. Lo hemos hablado: existe una enorme dificultad para determinar cuándo el cuadro está acabado o el texto ya no da más de sí y se exige el inicio del borrado o la entrega definitiva a imprenta. Esta dificultad de la tarea hace que, en efecto,
el pequeño detalle sea el gran detalle, la clave, el núcleo hiper-masivo que concentra en muy poco espacio/tiempo toda la tensión de fuerzas que ha generado el artefacto que creamos (sea un té o el Pabellón de van der Rohes en Barcelona). Lo veo claro, entiendo la manía y sé que el desajuste respecto al "
modelo" (o la belleza buscada) puede provocar la amargura o el ojo de la ira del desierto (así decía mi amigo Felipe Núñez).
Sin embargo yo no hablo de esas pequeñas cosas que son, a la postre grandes cosas
en cuanto cierran el objeto, convierten el artefacto en un todo maravilloso - cuadro, poema, té. No, yo hablo de
las pequeñas cosas que surgen como caricias descuidadas, objetos que se esfuman y que no tiene posibilidad de integrarse como detalle culminante en una obra. Mis cosas pequeñas no tienen futuro y, quizás por eso, no pueden servir de base a un
way of life (salvo patología de debilitamiento extremo).
Lo chiquito, repito, hace
splass o
chass y ya no existe y, en el fondo, nadie le echará en falta.
Lo chiquito es purita estética en el sentido más desolador de la palabra. Una castaña caliente en invierno que nos templa la mano fría y dura cuatro o cinco pasos es una cosa chiquita.

Las pequeñeces de las que hablo no se pueden convertir en grandezas por una integración en un artefacto según modelo. Son
refractarias a toda modelización - por eso decíamos estos días que era difícil hablar de sistema axiomático o cartografía o tesis de la cosa pequeña. Mi cartografía de las pequeñas cosas alude a lo que no tiene modelo, ni marca, ni pretensión. No es ese detalle de diseño o ese
feelling que diferencia un BMW de un Trabbi (o un seat). Las cosas pequeñas
no construyen la maravilla ni, en el fondo, nos permiten diferenciar a las personas que merecen la pena de los idiotas. Hasta un necio puede sonreirnos en la cola del pescado y provocar un pequeño movimiento en la cartografía de lo chiquito. La discriminación de los necios viene después y exige modelo, artefacto culminante, Obra. Es asunto serio.
Las cosas pequeñas
no deberían amargarnos con su desaparición pero nos alegran con su chiporroteo. El disfrute de la pequeñas cosas nos exige una
apertura a la chapuza del cosmos, a aquello que rompe la armonía sin pretenderlo: el té poco cargado, el tronco (y no solo la hoja) en la ensalada, una camisa que está mal doblada.... Uno va y se abre con una sonrisa a esa imperfección que imposibilita la maravilla, que impide la integración en un cuadro. Sin futuro, sin Obra ni Ministerio.
La sonrisa es el alfa y el omega de la cartografía de las pequeñas cosas.
Rimbaud hablaba de su gusto por "
las pinturas idiotas, rótulos, decoraciones, telones saltimbanquis, enseñas, cromos populares; la literatura pasada de moda, latín de iglesia, libros eróticos con faltas de ortografías, novelas de nuestra abuelas, cuentos de hadas, libritos de infancia, viejas óperas, estribillos bobos, ritmos ingenuos". Es decir, todo aquello que es material no reciclable en nuestro gran proyecto, en esa cosa maravillosa que esperamos (y no llega).
Perder el tiempo cuando éste se agota. Inutilidad del esfuerzo de fijación de la mirada en aquel rostro que sabemos vamos a perder de vista en la próxima parada de metro. Esa es la actitud del que va a crear una cartografía de las pequeñas cosas.
(
Nota mental: ¿No estoy circunscribiendo de un modo excesivamente rígido la meditación? ¿No sucedera que hay una tendencia inevitable a integrar lo pequeño en grandes esquemas de maravilla? ¿No es todo esto, simplemente,
un deseo de negación de cualquier posibilidad, una
estrategia de hundimiento no ya en negro ni en blanco sino en gris, la cifra de una derrota, como un texto de blog que no tiene impetu o conatus de Obra? Creo que, poco a poco, me conozco. Se esconde tras la reflexión la misma monería de los dieciséis años :
muerdo con saña y violencia los labios que me besan para que se retiren de mi boca cuando no deseo otra cosa que ser besado. Cuestión: ¿Puede un tipo como yo embarcarse en una cartografía de las pequeñas cosas?).
Imágenes: Detalles (pequeñas grandes cosas) de El descendimiento de Roger van der Weyden