sábado, 19 de diciembre de 2009

CARTOGRAFÍA DEL GATITO MARRAMIAU (4) CICATRICES

Tengo un tripi en los intestinos (ver Psicodelic Colonoscopy) y un gatito marramiau en el estómago. Hace un par de días me sometí a una gastroscopia. Tenía necesidad de ver al gatito que lleva arañándome el estómago unos cuantos meses con palabras de amor, de angustia, de gozos estéticos e inquietudes metafísicas varias. El minino, en el interior de mi estómago, lame las heridas que él mismo provoca con sus uñitas de aleación, y por eso debí participar en este ritual de sometimiento con pátina de ciencia e investigación. En la forma, una gastroscopia es puro ejercicio de dominación sado-maso, comprobación experimental de que uno es poquita cosa en el orden del poder y le toca estar siempre abajo, tirado sobre una camilla para permitir que las tecnomedicina juegue a los túneles.

Un placer extravagante fotografiarse el estómago cuando siempre se ha rechazado la instantánea de la cara. Pero qué le vamos a hacer, cada cual tiene sus rarezas. En cualquier caso no crean que el objetivo final de la misión es expulsar la gatito de esa parte querida de mi anatomía. No, no es para tanto. Dejo que marramiau me recorra el estómago y el vientre, que baje por mi sexo o suba hasta la cabeza. Perversión gatuna. Por amor al gato que araña palabras de amor me someto al cable-cámara que fotografía el mapa de las cicatrices gástricas - las tasas de un viaje emocional al que no deseo renunciar (soy escritor con vocación). Estoy tranquilo, tumbado de lado, y me piden que abra la boca y que sólo trage una vez, sólo una, y después que babee si es preciso pero que no mueva garganta ni esófago. Lloro. No es dolor. Es la emoción de comprobar que el gatito no me ha rasgado el lienzo y sigue con ánimo de escritura o pintura por reflujo gástrico. Mi gatito artista, querido, me someto para experimentar tu presencia. Te ofrezco mi lágrima y mi baba, como devoto diácono a tu servicio.

Me dicen que el final de mi esófago ha perdido la curvatura natural que le corresponde. El estómago se ha caído y cuelga en la delgadez de mi vientre. La verticalidad de la boca del estómago facilita el reflujo que, así, no tiene la barrera de la curva. Me siento personaje de El Greco. Y confirmo - dono la tesis a algún historiador del arte - que el color y actitud mística de los personajes de este hermosamente extraño pintor es efecto del reflujo gástrico.

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La cicatrices son objeto de exhibición y memoria, marcan el límite entre el adentro y el afuera pero son cifra de la visibilidad del dolor pasado. Surgen espontáneas cuando el desamparo ha remitido por efecto de algún encuentro curativo. Este encuentro es siempre algo que nos lame las heridas: la primera guerra mundial para un angustiado expresionista o un gatito marramiau. Y perdonen la desproporción entre una gran matanza y un minino pero la vida es desproporcionada y ridícula a partes iguales (no me hagan confesar cuál de las dos cualidades gana) y yo soy un escritor realista.

En 1915 Franzis tiene 15 años y Ludwig está lejos, en el frente. Se pinta sin mano y con garra, exhibiendo no sé si ambas - la cuchilla y la amputación - o sólo el cigarrillo. La crisis nerviosa le lame la mano como un obús pero le permite volver a casa. Es mejor que te acaricie Franzis Fehrman, querido Ludwig, pero en medio de la Gran Guerra no estamos para escrúpulos. Kirchner se va a Davos y, dicen, pinta paisajes alpinos. Sin la mano Kirchner ya no era Kirchner, de igual modo que sin heridas ya somos otros, distintos. El gatito marramiau, el que nos lame las heridas, nos transforma para salir del extravío y del desamparo. ¿Cómo podemos abandonar si no "el solar vacío", la huella del colapso arquitectónico de nuestra alma?. Convertidos en otra cosa. La tortuga se hace gatito, Kirchner pintor de paisaje y Franzis Fehrman se hace mujer a los quince años. En 1917 parirá con dolor a su hija Franzisca.

Je suis un autre



Imagen: Ernst Ludwig Kirchner: Autorretrato como soldado (1915)

6 comentarios:

Amor de tierra adentro dijo...

Querido Luis:
Venía a dejarte esta historia de amor de tierra adentro como un pequeño -muy pequeño- regalo de navidad colgado en tus calcetines rojos, cuando me he encontrado con esta cicatriz...No me ha sorprendido: al fin y al cabo uno repite el plato de comida que sabe lo que tiene...Y tu escritura, como diría Karmen Blazquez, es Pasto vero. Incluso para los carnívoros...
Feliz navidad, jose Luis.
Carlos
El toro de barro

LUG dijo...

Muchas gracias, Carlos, por su historia cuya lectura ejecutaré (?)con atención y cuidado. Sea bienvenido a la casa de la tortuga bicéfala y el gatito, los seres vacíos y éste simple que le saluda.

Luis G

Serenus Zeitbloom dijo...

Échale mazapán al gatito... a ver si se calma.

Felices fiestas, compañero.

PERSÉFONE dijo...

Ya que te quisiéramos en Babilonia. Te vendaríamos los ojos con un pañueño de seda y te susurraríamos historias hasta el amanecer, con nuestra lengua de cola de gato.

Posamos para pintores, que creen que nos retratan.

Les hacemos temblar, la mirada.

Adoramos las cicatrices, porque indican la ruta de nuestros dedos.

Y hundimos en la nieve las botas de caña alta, hasta partir el hielo.

Tu minino se trepó a nuestra vieja fonola. Está durmiendo mientras cae la lluvia.

LUG dijo...

¡Qué cosas dice a mi gatito marramiau, querida Perséfone! Con sus patas el gato se tapa los ojos para así mejor abrirse de oídos. Su comentario me parece un cuento de navidad un poco desolado. Los cuentos de navidad son cuentos de desolación, de extravío, de desamparo, de cicatrices. Miau!

Visito su página - y me advierten del peligro los bloggers - y contemplo sus poemas.

Mi gatito es más tierno y devalido - miau - que su mirada. Es posmoderno. Pero le gustan los hilos de colores. Perséfone, ve el minino brillos en sus palabras e, ingenuo, entra en su casa babilónica.

Hasta pronto amiguita, hasta pronto...

PÁJARO DE CHINA dijo...

No hay desproporción alguna entre un minino y la gran guerra, no. Es más probable recordar la cola de un minimo que las descargas de los obuses impasibles. Y es muy posible que la languidez espectral de las criaturas de El Greco obedezca al reflujo gástrico. ¡Estas conjeturas son una de tus especialidades!

A mí también me acuestan de lado y me meten un tubo en la boca. No sé si babeo. No me lo han dicho y la sábana de la camilla estaba limpia. Pero me digo: "si Sharon Stone confesó que babea mientras duerme, ¿por qué yo no podría hacerlo y que hasta quede sexy-perverso para alguna instalación contemporánea, en estas circunstancias lastimosas donde somos puros órganos y a ellos estamos entregados?"

Marramiau es inasible y evade el tubo y el ojo de la cámara que filma tu interior.

Franzis hubiera podido lamer el muñón de Ludwig. Las cicatrices parecen esfumarse a golpes de labio. Pero nunca desaparecen del todo, las malditas.

Son el souvenir de nuestras batallas perdidas. De nuestras ofrendas a las obsesiones. Como la pierna que el capitán Ahab le dedicó a Moby Dick. Así, al menos, son las mías.

Tu mano sigue ardiendo, temeraria y sin soga, sin red y sin correa.