miércoles, 8 de julio de 2009

AUTOBIOGRÁFIKA. Dos recuerdos iniciales, fundacionales de la memoria y de la experiencia (II)


Una sala de hospital o ambulatorio. Más que habitación parece un pasillo estrecho y alargado en cuyo fondo hay una ventana de esas que permiten el paso de la luz pero no ver el exterior. Un cierto tono verde limón deriva de la luz generosa que surge de muchos puntos (la ventana y también de los objetos). En el fondo hay una mesa - o, mejor, un mostrador o repisa recubierto de azulejos – sobre la que se apoyan cajas metálicas que se utilizan para desinfectar instrumental médico (jeringas) o para preservarlo de la contaminación. Quizás hay también vapor pero la luz suaviza esas nubes de asepsia. Pudiera ser que fueran a pincharme pero no tengo miedo ni siento malestar. A veces esta imagen se ve cortocircuitada por otra en la que mi madre y yo entramos en la consulta de un médico (no veo a mi madre, veo – como si fuera una cámara de vídeo – la habitación y al médico con su bata. Los colores son los mismos pero la presencia del humano – antipático – hace que el cuadro me resulte más desagradable. El efecto humano. Creo que me receta unas pastillas ---- también recuerdo unas pastillas de la infancia aunque, obviamente, no sé si tienen que ver con la imagen de la consulta ni mucho menos con la primigenia sala verde y luminosa.

En mi sala verde y sin miedos no hay nadie. Sólo la luz y las cajas metálicas que protegen las jeringuillas de la acción exterior. Sin embargo si en la imagen que comentaba ayer – la del coche que se dirige a la colina – me siento solo (que no mal) y como abandonado al flujo catódico, en esta imagen hospitalaria siento la presencia de mi madre. Me hago presente tremendamente protegido, blindado frente a las agujas, la enfermedad y, fundamentalmente, ese médico borde. Mi madre, joven y guapa, crea un aura sacramental de seguridad que me permite experimentar la belleza de los colores y la luz con deleite. Podría decir que mi segunda imagen fundacional es femenina

(Quizás eso explique que dejo caer siempre la belleza del lado femenino. Femenino: fuerte y capacitado para dejarse llevar, abandonado a la percepción de cualquier objeto en todos sus brillos, abandonado a la contemplación, al deseo, al cuidado, al amor... Por el contrario, lo masculino apuntala su rudeza constantemente – como temiendo una caída de la erección – y, por ello, no hay en él abandono, nunca se deja llevar por la contemplación, el deseo, el cuidado, el amor...Lo masculino es andamiaje; lo femenino fluido. Notemos: esta caracterización en nada compromete a hombres y mujeres. Es pura efervescencia de mis emulsiones autobiográficas.)

3 comentarios:

MARIEL MANRIQUE dijo...

El ala protectora de tu madre, joven y bella, protegiéndote en el hospital, aunque en tu imagen esté en un fuera de campo. Es precioso. Sí, las mujeres nos abandonamos, nos abandonaaaaamos (es un abandono laaaaargo, fluido, incesante), pero cuidado con nuestro costado masculino, fálico, dominante. Puede ser adorable, puede ser letal. Besos con los dos costados.

LUG dijo...

Tomo nota y siento el látigo en la espalda. Látigo de Ella.

Salud

MARIEL MANRIQUE dijo...

Sí, con los labios pintados de rojo carmesí y botas de caña alta. O con el tierno vestidito de Alice Liddell. Las más peligrosas son las más inocentes.