jueves, 4 de febrero de 2010

Judith (1) Caravaggio (1)


Judith y Holofernes. Juego y equilibrio de fuerzas. El general asirio, en medio de la danza espasmódica que acompaña a la muerte como último orgasmo, relaja la mirada de lujuria y llena sus ojos de la nada. Judith y la esclava, por contra, siguen en la tensión del crimen, como si la última parte del pescuezo se resistiera y fuera preciso incrementar el ímpetu del músculo joven para quebrar las últimas vértebras. El hombre pierde su potencia en proporción directa al incremento de la seriedad de las dos mujeres.

Nos enfrenta el cuadro a un esquema de fuerzas - por eso es más abstracto de lo que parece - que nace con las energías derramadas del victorioso macho nabucodonosoriano y nos conduce ascensionalmente hacia los labios de Judith, harta de besar al enemigo, agujero negro su boca, endurecida en todos los poros de su cuerpo, fosilizados los pezones de sus pechos llenos de una fuerza que los atraviesa y prepara para amantar la victoria del pueblo vasallo. Venganza de mujer. Venganza de pueblo que expira en la agonía del general la muerte de la derrota milenaria.





Judith. Caravaggio. ¡¡ Qué exageraciones!! Es exagerado el morir del general - el contraste entre sus dos brazos: uno ya casi inerte y sin potencia, el otro aún como buscando la incorporación o la ruptura de la irreversibilidad del flujo de sangre que saca de excursión a su alma por la tierra judía. Ridículo, busca la nobleza de la muerte erecta. Pero ya no cabe. Perdiste, Holofernes, tus últimas bazas guerreras en la desnudez lujuriosa y no hay vuelta atrás, los procesos físicos son irreversibles. Se impone la velocidad del chorro de sangre, ese rojo como de dibujo infantil paralizado, extrañamente estático y como de otro momento, del segundo anterior al cuadro, el tiempo cero de la sorpresa inicial, cuando la espada rompió la compleja red de las venas. En una representación que, dicen, signa el realismo más rabioso, el chorro de sangre congelado es anécdota y chapuza, sangre coagulada paralizada en el tiempo como esa escultura de Marc Quinn. La vida huye y la sangre queda como corbata de burócrata, "lo real" del general asirio.

(Todos preguntamos ahora que ya nada importa pues estamos muertos: Holofernes ¿de verdad conseguiste desnudar a la bella viuda? ¿Cómo eran sus pechos? ¿Ardían sus muslos o era frialdad de mármol lo que ocultaba? ¿Realmente mereció la pena sustituir la destrucción y el castigo del pueblo traidor por la cena con la primera dama? Dijo ella: "Le sedujo mi rostro para su ruina, y no cometió pecado conmigo para contaminación ni vergüenza". ¿Es verdad? ¿Entregaste en holocausto al imperio sólo por una ratito de charla y un par de cañas? ¿No rozaste siquiera los brazos que te mataron?)

Exagerada, también, la vieja criada que espera ansiosa la cabeza. Dispuesta a sorber la sangre ya que la ausencia de dientes impide que se coma otras partes de carnalidad más sugerente. La vieja no es muerte sino vida en la sangre de otro, como aquel viejo de la Matanza de Texas que parecía resucitar cuando chupaba los deditos de la joven excursionista. La vieja es el perfil más odioso de la historia y nos hace sentir piedad por el general a pesar de sus matanzas. El rostro en su fealdad no nos desvela (más bien oculta) la justicia de la decapitación, la venganza por una humillación sobrellevada a lo largo de la vida y hasta el extremo. Humillación de la vieja que fue niña y esclava y que ahora, en la extraña y fría fealdad del perfil, no regenera estéticamente el crimen. Y sin duda lo merece La belleza ausente es injusta con las mujeres.

Todo exagerado y anticipo de abstracciones por ser juego de fuerzas poderosas representado por modelos callejeros (dicen que cortesanas y alcahuetas). Rompe Caravaggio la realidad por la exageración de sus modelos, por el olor que transmiten sus arrugas, por la náusea que siente mi alma bella al traer a mi olfato el extraño perfume de las ropas de esa celestina.

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(Epistola a Judith:

Querida hermana. Descartada la cita y la promesa de una tarde-noche de risas y cama, quisiera al menos desvelarte algunas de mis cuitas metafísicas y esperar, a vuelta de correo, la luz de tu sabiduría (en un libro tan macho como la Biblia, tener espacio propio te subraya como mujer de altura y adecuada maestra de mi debilidad).

Judith: ¿no sientes tú - como me sucede a mí a veces - que los actos humanos son atravesados por fuerzas que nos exigen las mayúsculas en su nombre, cuando no, en reverencia humillada, el silencio? Si lográramos parar un segundo la acción en mitad del sacrificio- demos gracias al maestro Caravaggio por hacer realidad el deseo - ¿no podríamos sentir el temblor y la voz grave o melosa de alguna cosa divina o diabólica que nos desborda y que es más fuerte que la vida que se escapa? El Deseo, la Venganza o la Justicia, el Odio y el Amor, la Muerte y su Triunfo. Somos pobres mortales, viuda tú y yo huérfano; somos el otro, lo más otro y desvalido. En mi extrema pobreza de espíritu a veces, Judith, creo que si abro mis brazos en cruz puedo sentir el arrastrar de extraños fluidos por mi cuerpo, como hormigas verdes que llevan en sus mandíbulas emociones que no logro controlar porque son mis dueñas. Siento la espesa Frustración que me sube lenta por los muslos hasta posarse en mis manos, indefensas manos que ven elevarse sus dedos por influjo de enormes poderes metafísicos: Lujuria, Gula y Avaricia, Pereza e Ira, Envidia y Soberbia. Y los dedos desgarran el cuerpo: el pecho, el sexo, el cuello...

Judith eres eficaz con la espada y puedes estar segura de que te creo cuando dices que no conociste varón tras el incidente. Sin embargo, mujer sabia, quisiera poder entrar en tu mente en ese ahora que representó Caravaggio, a medio camino de la espada y con la sangre en textil coágulo suspendida en el aire. Sé que no hay pensamiento argumentable en ese instante y te delata la mirada. ¿Qué lograste ver? ¿Te sorprende que el cuello de tu enemigo se parezca tanto al de uno de esos corderos inmolados en la fiesta? ¿Te asusta comprobar que el Imperio no es nada comparado con las infinitas fuerzas que tus brazos invocan - la Lujuria convertida en Horror, la Simulación en Venganza? Clarividente, ¿pudiste comprobar que el Imperio se tornaba cuello animal pero que tan vacío como él era tu Pueblo, por elegido que se creyera, o el propio Dios en el claroscuro de esos otros dioses de carne temblorosa que te atraviesan como lo hacen conmigo a diario?

Judith, ¿ crees que será posible que contemos a los otros hermanos la infinita vacuidad que es nuestra fuerza?

El señor esté contigo, mujer. Descansa.

4 comentarios:

El Toro de Barro dijo...

Siempre eché de menos que Judith, en este cuadro, no fuera dibujada con un gesto más acorde con el dramático esfuerzo que supone matar, incluso por venganza. Su gesto parece el de una virgen que contempla como el tiempo pasa y no se oye, y su rostro carece de la tensión que precisa semejante ejercicio de poder. Me resulta mucho más valioso tu paseo en torno al lienzo que el lienzo mismo, por más que la historia de Judith me siga fascinasndo desde mi niñez.
Un abrazo desde la admiración más absoluta

FRANK RUFFINO dijo...

Excelente.

Abrazos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank Ruffino.

Luis G dijo...

Gracias, Carlos. Pero el lienzo es tan hermoso que cabe mil teorías estéticas y diez mil pequeñas ficciones en el abismo que deja la herida del cuello y esa extraña sangre que mana. Yo soy nota a pie de página. Lo mismo decir del Libro de Judith, libro casi militar en el que gana la más débil.

Luis G dijo...

Gracias, Frank.Estás en tu casa.