lunes, 1 de febrero de 2010

LOVE LAB (2).CUERPO, ARTE (4)

La cinta blanca (Das weisse Band. Eine deutsche Kindergeschichte . Michel Haneke 2009). Sucesión de fotogramas e imágenes que me narran vidas de otra época. Niños que asustan. Padres que dan miedo. Un maestro de escuela tan pusilánime que me permite una identificación instantánea en su extrema vacuidad. El hueco de la buena conciencia, del alma bella. ¡Qué ridículos somos, él y yo!

ÚLCERA

El tedio de una pequeña aldea es mi langeweile. Aguanto los 145 minutos envuelto en el inmenso aburrimiento pueblerino y hago mía la úlcera de la matrona, vieja solterona de menos de cuarenta años, madre de niño-retrasado/niño-castigo, úlcera de estigma y advertencia de Dios que nos escarmienta a todos en el maldito y en el pecador, úlcera que envuelve con su hedor la sala oscura y me penetra y me incita a la náusea y me hermana por ese automatismo del mal que a todos nos dobla con la que siente el médico mientras le masturba la mujer-úlcera de rostro ajado, y es tan repugnante el aire que el castigo se justifica por vía olfativa, se racionaliza por la fealdad de la mujer, por lo evidente de su putrefacción estomacal (¿nos imaginamos un gastroscopia?), por la humillación brutal que asume con una frialdad que asusta, con sólo una lágrima que no logra lubricar el sexo del médico (ni el mío), sabedor él de su impulso desbordado que ahora ya orienta hacia otra parte, hacia esa niñita que tanto se parece a su madre y que, por ese recuerdo borroso de la madre-esposa, justifica tocamientos, excitaciones, nostalgia con sabor a úlcera y a madre- muerta, herida que me abre el alma mientras se aburre a ritmo lento, al salir de la película, un día después, dos día más tarde, cuando el blanco y el negro de los fotogramas se tiñe de la crueldad de todos y la impotencia de algunos, los pocos, aquellos que debían salvarnos.

Sólo queda el castigo y su ejecución hará evidente el crimen en la mañana después de la hecatombe..

LA VOZ CALMADA

Curiosamente, nadie levanta la voz al hablar en esta película. Fraseo claro, tono bajo y educado del que tiene clara las cosas, los delitos y las penas. Respetan la sintaxis y la normas de la retórica para enunciar castigos, cintas blancas como castigo, humillaciones como castigo, pájaros crucificados en la mesa del padre como castigo. Yo elevo la voz en mis trifulcas y me ordenan mantener la calma y marcar límites. Calma, no levantes la voz, no me levantes la voz. Ellos, esa saga de malditos que habitan en la aldea, nunca gritan. Marcan los límites con claridad y racionalizan. Son tantos los que merecen ser fustigados que más vale mantener la calma. Para no cansarse.

Orden, orgullo y cintas blancas que nos recuerdan envolviendo el cuerpo que tenemos una conciencia de la que sentirnos orgullosos y que es tan grande y profunda que impone castigos y ofrece recompensas. La conciencia. La conciencia se envuelve, poco después, de esvástica para vencer su modales provincianos, la lentitud en el castigo. La conciencia de los niños-hijos-de-puta va más rápida que la de sus padres. Es veloz como el coche de carreras de Marinetti. Su brutalidad es urbana, metropolitana, puerta de futuro, impaciencia del bang bang de las balas pistoleras. El niño se despide besando la mano del padre. Mano de orden y orgullo. Mano que mañana empuñará la vara. Veinte golpes. Ni uno más. Pero el castigo es lento - para mañana - y mesurado según reglamento de régimen interno. No asume la embriaguez que oculta. Qué viejos son los padres en el inicio de la Gran Guerra. Los niños cabrones tienen prisa y, por eso, los castigos se hacen más crueles, reiterados. Nadie numerará ya los golpes de vara que nacieron de aquellos veinte

Vendrán más años malos
y nos harán más ciegos;
vendrán más años ciegos
y nos harán más malos

Vendrán más años tristes
y nos harán más fríos
y nos harán más secos
y nos harán más torvos
(Rafael Sánchez Ferlosio)



EL ARTE

Sigo sin acabar de entender por qué el arte es capaz de representar en sus límites lo desagradable, lo irrepresentable. Lo hace, sí, pero no sé cómo. Y medito sobre ese poder del arte y cómo enlaza con la dimensión ética del mundo de lo estético. No creo en autonomías extrañas (del arte respecto a la ética o la política o la gastronomía caníbal). El arte - mis burbujitas de cristal, mi morfina - está cortado con el hedor de la úlcera. La belleza creada puede conducirnos a la legitimación de lo horrible (el verdugo se viste de Armani, el genocidio con cuarteto de cuerda incorporado). Pero la belleza puede también revolvernos estómago y conciencia sin pretenderlo expresamente, sin darnos pistas ni moralejas. Nos abre en canal el alma e impide que contemos el devenir del trayecto, incluso, el argumento de una película. Esa es su fuerza. La belleza nos marea. Y por eso yo, cuando me levanto de la cama, me mareo.

A pesar de todo estoy envuelto en tanta belleza que podría besar las úlceras del suplicio.



(Me veo como padre..... Y, tras la película imposibilitado para mantener el orden. ¿Qué clase de pequeños psicópatas daremos a luz con nuestra liberalidad impotente, con nuestros gritos a destiempo, con la quiebra del orden que constantemente anima el Orden que nos envuelve? Dejaré que todo se hunda y que toque fondo sin elaborar discursos

No levanto la voz porque me he quedado sin gritos. Lo mismo da gritar que callar. Por cierto, recomiendo la película. Pero sepan que olerán la úlcera largo tiempo).


2 comentarios:

Serenus Zeitbloom dijo...

Tomo nota de la recomendación.

saludos

Cartas en la noche dijo...

http://cartasenlanoche.blogspot.com/2010/02/de-luis-g-santamaria-yukio-mishima.html


Aquí tienes la carta de un filósofo a Mishima. Me llevo con ello un regalo para el cuerpo, para el alma, y para torpe mente.
Gracias por todo, José Luis.