domingo, 1 de noviembre de 2009

Ife vs Nápoles. No soy exótico

Madrid. Ayer.

Los chicos de provincias con vocación cosmopolita visitamos la capital del reino suponiéndola gran ciudad y crisol de tendencias. Somos así de ingenuos. Por eso, nada más bajar del coche (parking: 16. 70 euros) nos tomamos unas cañas para sentirnos castizos y buscamos algún museo para marcar nuestra determinación modernista. En ambos casos, castizos o modernistas, nos remangamos la camisa y abrimos vías en las venas para que nos penetre el gentío, la proliferación, la espesura de los mariachis en la Puerta del Sol o los chinos de la calle Juanelo. Y la mundanidad cosmopolita, como émbolo de jeringa, bombea imágenes y ficciones.

Hace buen tiempo. Noviembre ya no es lo que era.

En estas me voy a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para ver Dinastía y Divinidad: Arte Ife en la Antigua Nigeria. Sólo tenía la referencia del anuncio en los periódicos pero me sentí atraido por la belleza de la escultura que lo ilustraba. La exposición no me defrauda. Dignidad estética de la cultura yoruba. Caras escarificadas en líneas verticales - provocadas por sustancias urticantes o por incisiones - o simulando bigotes de gato me miran y me incitan a la genuflexión. Poder en estado casi puro. Comercio y esclavitud igual a desarrollo artístico. Corremos- descorremos ese velo de dolor y belleza, de muerte y éxtasis artístico, y me dejo llevar por la violencia encerrada en la suavidad de las formas y la habilidad de los escultores.

En el mismo edificio hay otra exposición Carlos III, entre Napoles y España que me pilla de sorpresa (es un decir). Venciendo la férrea resistencia de mis dos adolescentes favoritos - que consideran que ya han hecho con su viejo padre la obra del día permitiéndole ver caretos africanos de la era anterior al rap - me introduzco en la sala. Huele a siglo XVIII y a pesar de la dialéctica de la ilustración y esas cosas leídas, me siento bien. Me gustan los dibujos de estudio arquitectónico de un tal Luigi Vanvitelli (al que luego me presentan en retrato vistosillo: Luigi con el compás delicadamente sostenido entre sus dedos pulgar e índice. Coquetería napolitana).





Me detengo en dos cuadros que aluden a la salida de Carlos III del puerto de Nápoles. Son obra de Antonio Joli. En ellos se ve la misma escena pero desde dos perspectivas distintas: desde el puerto hacia el mar y desde la faldas del Vesubio hacia el puerto. Supongo que el objetivo del autor es ilustrar la algarabia y el movimiento que genera el viaje de Carlos III, el despliegue del Espíritu de la Historia encarnado en la flota borbónica y toda la voluptuosidad de las banderas erectas. En el segundo cuadro - el que me gusta más - , el volcán humeante parece que anuncia una traca final de despedida o muestra su respetos a la flota amarrada inhibiendo su deseos de escupir a los napolitanos unos buenos salivazos de lava incandescente. En la parte inferior observamos el ruido y la furia de la ciudad, la escisión social en clases y la violencia directa- navajazos y pedradas - que tiene al lumpen como protagonista. El detalle de las escenas me provoca risa y cierto pavor. Parece que Joli no quiso limitarse a ofrecer el esplendor de la monarquía universal. También rodó un pie de página con el lumperio como protagonista. Goya, décadas después, colocará esta nota en el centro de lienzo cuando describa las luchas antinapoleónicas.



Me gustan esos hombrecitos que, en tan poco espacio, crean un discurso sobre los inicios de la modernidad. Las notas a pie de página, en ocasiones, son el momento de verdad del cuerpo del texto. O su locura creadora y generatriz.

Salgo satisfecho a la cálida calle de Alcalá. Sin embargo, me siento raro porque la pintura de ese italiano (Joli) me provoca más excitación que el exotismo yoruba. Y, pronto al autoanálisis, me cuestiono esta extraña sensibilidad. ¿Por qué reverbera más en mi mirada el Nápoles del XVIII que la Ife del XVI?. Y enlazo con otra cuestión: ¿por qué me atraen más las viejas ciudades de Europa que los exóticos destinos extraeuropeos? Soy un jodido etnocentrista, me digo. Pero el insulto-si lo es - y la palabra malsonante no me paralizan la meditación.

Reflexiono cuasisocrático por la calle Mayor y mientras engullo unas patatas bravas con cerveza. Violento mi alma en presencia de mis adolescentes. No deberían ver así a su padre: Dubitante y meditabundo a sólo dos pasos de El Corte Inglés, sede de lo indubitable. Medito y, provisionalmente, concluyo que el salvajismo exótico lo he vivido como hijo de la clase obrera en un país - el de mi niñez - que hacía muy poquito había salido de una matanza y olía a pobreza, miseria, ignorancia. O al menos yo olía el perfume rancio ¿Hay mucha diferencia entre los barrios de Lagos y la barriada de viviendas en las que vivía la abuela, cuyas calles de barro conocí y dónde me llegaban los ecos del hambre, la falta de horizontes y la malizia de los pobres? El oropel napolitano, los bulevares de París, los museos de Londres o Berlín, el siglo XVIII, fueron mi horizonte desde pequeñito. Por acto de fe e irracionalidad no pierdo su amarre. La misma que me lleva a sentirme ilustrado a pesar de los monstruos de las razón. Por distorsión biográfica, el sueño de la Europa transpirenaica me sigue palpitando en el alma. La modernidad de este país en el que vivo es una costra muy, muy pequeñita.

Y no me siento orgulloso de mi percepción. Sólo la escupo como el Vesubio la lava.

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