martes, 18 de agosto de 2009

CROMOS (Cambiando cromos)



(Interferencia fuera de lugar de una postal o una instalación artística en un intercambio de cromos, causando indiferencia en los interlocutores que asumen sin mayor suplicio el error. La secuencia muestra que la jerarquía de las artes se borra al primer golpe de viento y las fantasías románticas con un bostezo)




- ¿Cambiamos cromos?


- Te enseño los míos.

- Ese no lo tengo. Lo quiero.


- ¿Y qué me das tú a cambio?

- Hum…Si… Ah… Recogería de tu labio esa última gota de agua dulce y, con sumo cuidado para que no perdiera perfume, la dejaría caer sobre las páginas de un viejo atlas. Dibujaría la gota al estallar sobre la página impresa una flor azul, marcando con límites livianos una novísima región que se convertiría en reino nominado por nosotros y sólo a nosotros accesible. Ampliada la zona en escala y extendida sobre la mesa toda la cartografía disponible, yo te seguiría día y noche hasta que alguna lágrima forzara tus ojos, da igual por herida o por odio o por risa. Y con un tubo de cristal purísimo tomaría esa lágrima y, desde gran altura, la dejaría caer arbitrariamente en ese nuevo reino extendido sobre la mesa. Y quedaría elegida ahora una ciudad, la ciudad que el destino ha elegido para encontrarnos.

Y te pediría el viaje a los límites de la flor azul como quien pide un baile, porque sabes que en todo este tiempo sólo eso he deseado. Pasearíamos por las calles de la ciudad elegida contemplando con tus ojos el brillo de las plazas y los estanques. Y pisando con tus pies esas callejuelas y avenidas, oliendo el perfume de los árboles cuyo nombre ignoro, quizás una tarde me atreviera a besarte y tú, caprichosa, me dirías que por la noche podía arroparte o frotar tus pies con colonia o bajar a la tienda a comprar chocolates recién llegados a la ciudad. Y bien, eso es lo que yo puedo ofrecerte a cambio de ese cromo.

- Sí, pero yo no quiero ese viaje. Deseo otro cromo. ¡Sólo me falta uno para acabar la colección!

- ¿Cromos? Hum… si, claro, estos son los que tengo: el rinoceronte y el mono, el zorro blanco del ártico y la tortuga de las Galápagos, la familia de esquimales y la niña bantú.

- ¡Pero estás bobo! ¡Esos cromos no son de mi colección! ¡No me sirven de nada tus cromos!.


Debo confesar que yo no hice la colección de Vida y Color pero recuerdo claramente los cromos porque mis primos sí la estaban haciendo. Me vienen ahora a la memoria el guerrero zulú y el nativo de Nueva Guinea con toda su fuerza y terror. Unos años más tarde alguien me regaló el álbum con todos sus cromos pero ya no me gustó.

Yo no era un niño pobre pero mis padres sí venían de la pobreza. El trabajo no sé si les hizo libres pero a mi me hizo un poco más blando y a ellos los engordó. Bueno, el caso es que en las colecciones yo no pegaba los cromos con pegamento (Imedio) porque mi madre creía que era tirar el dinero. Así que hacíamos un engrudo con agua y harina que hacía las veces de cola. A veces pienso en repetir la jugada con mis hijos en plan experimental. Lo dejo porque violenta mis protocolos de eticidad. Ya he dicho que soy blando.

Los cromos – otro día haré la metafísica del cromo – exigen el intercambio comunicativo. Sin embargo, como suele suceder, ese intercambio da lugar a frustraciones y asimetrías que deslucen el espíritu democrático . La única manera de disponer de un buen taco de cromos repetidos e iniciar con solvencia el intercambio es gastarse dinero en la compra de paquetitos o robarlos. Los machotes del barrio tenían un taco de tales dimensiones que yo acaba soñando con ellos, me imaginaba con mi listado de cromos pendientes y la majestuosidad de mi taco de repes. Con mis diez u once cromitos era invisible para los grandes coleccionistas. Además, cuando llegaba al final de la colección y disponía de más armas comunicativas, la mayor parte de los chicos habían acabado .

No guardo rencor a nadie y el engrudo de harina y agua para pegar los cromos me produce ternura (y me producía ternura en aquellos años). Mi mamá ahorradora era un encanto. La única colección que pude completar era de historia del arte. Recuerdo una fotografía de una catedral gótica inglesa. Ese cromo desvelaba ya mi futuro carácter. Me gusta el arte, los lugares impresionantes y grandiosos que superan la pequeña vida cotidiana de los hijos del proletariado y lo extranjero. Mi patria, como mi barrio, me resultan pequeñas, huelen a puro y a coñac Soberano, a hombres en la partida blasfemando y a mujeres en la cocina. Siempre me gustaron las mujeres y sus cocinas más que los hombres y sus partidas de naipes. Por eso, como decía JL Sampedro, debo ser lesbiano. A mi lesbianismo quizás contribuyeron esos cromos de arte y esos dibujos del zulú en el álbum de Vida y color. Por eso siento debilidad por la baja cultura siempre que sea melancólica y nos lleve a soñar con lo que no tenemos: selvas exóticas y catedrales extranjeras. Baja cultura melancólica como muchas canciones.

Imágenes:
W. Blake: Dios como arquitecto (1794)
Colección vida y color


3 comentarios:

MARIEL dijo...

¿Quién fue la ciega con corazón embalsamado que no aceptó tu declaración de amor? ¿Quién ese proyectito biodegrable de Barbie digna de un Ken-fantoche y no de una declaración así, como la de esa noche? (me salió con rima y todo). ¿Y quién, si fue tarde, esa exponente del ridículo cobarde? (De mañana no pudo haber sido porque la rima es casi imposible y además a esa hora estabas tomando el café con leche).

En el amor por las catedrales góticas ya hay un dejo de melancolía y de ternura. Esas bóvedas inalcanzables, esos rosetones imponentes, esos contrafuertes y esos arbotantes, esos vitrales que filtran la luz divina, el cuerpo pesado fuera y el alma que se desmaterializa dentro, esas gárgolas que escupen agua y espantan herejes ..

¿Quién, quién fue esa gárgola?

El recuerdo del engrudo familiar improvisado es adorable.

Supongo que también para expandir los límites del barrio es que se escribe.

Me ha encantado, bicefalina. Quiero una saga sobre cromos (acá eran "figuritas").

LUG dijo...

El problema siempre no es quién fue (que, creo recordar - la vejez hace fallar la memoria -, no fue nadie) la que rechazó el intercambio de cromo por viaje sino quién será o, en el colmo, si no tendrá razón al preferir terminar su colección a dejarse llevar a ese mundo un poco gili de la flor azul. En todo caso, la tortuguita sigue apostando por la tontuna.

El extranjero, el arte, ¡la alta cultura! --- todos fueron espíritus para superar los límites de la tribu, del barrio y d ela patria. Todos se han acabado mostrando como fantoches, viejos cómicos con resaca barata . Aún así, sigo apostando la vida por ellos.

MARIEL dijo...

No, no tendrá razón. Ella perderá el espléndido mundo gili de las criaturas gili que ofrecen la vida entera y no un vulgar cromo. La fealdad de su decisión es la salvación de los tontunos y la condena de la niña hobbesiana.

Apostá la mía, también. Entera, por supuesto. (Las medias son más queribles cuando tienen agujeros).