martes, 11 de agosto de 2009

UNO. POSTALES ( DESDE NORMAN ROCKWELL, CON AMOR)



Todos los depresivos son (somos) de cara sonriente. Esta no es una ley científica sino, más bien, una ficción (auto-) biográfica que sólo debe evaluarse en sus justos términos estéticos y terapéuticos. Pero reitero la apuesta: los depresivos somos (son) gente de cara sonriente y, en general, muy amables con sus vecinos. Además, en segunda afrenta, digamos que los depresivos (todos) son (somos) seres necesitados de postales. Quiero decir: no es que seamos fanáticos del coleccionismo sino que en nuestra vida tratamos de encontrar con la mirada escenas y situaciones dignas – para bien o para mal – de ser pintadas por Norman Rockwell. Queremos entrar en sus cuadros. Rockwell, depresivo él, se pintaba constantemente dentro de sus obras, y ha pasado a la historia como el ilustrador del optimismo yanquee. Curioso los medios de que se sirve la providencia para hacer cumplir sus designios (al menos en Norteamérica).

A lo mejor me equivoco y sólo un tipo como yo es propenso a esta caída tonta en el lugar común, ese espacio-postal en el que el fluir de las cosas se paraliza y todos los objetos (incluidos los objetos- personas) encuentran una extraña armonía que intentamos fijar rápidamente porque sabemos de la precariedad. O tal vez , por qué no, sea este afán rasgo de la humanidad en su conjunto. O, más allá, me pregunto si toda la animalidad no será un inmenso y pluriforme organismo deprimido que busca postales por la vida para aclarar una cierta congoja que no sabe decir su nombre. Alguien dijo: Post coitum omne animal triste. ¿Alguien se extraña de que intentemos fijar en postales los enlaces que nos prenden a la ternura de las cosas?

Postulo que hasta los más listos de la especie tienden a ver y participar en los cuadros que se supone son del tono. Todos, como depresivos posesos, tratamos de encontrar nuestro sitio en esas escenas paralizadas en el tiempo. Así se cruza pasos de cebra como los Beatles o se entra en el cuarto de una desconocida como quien recorre un Vermeer para sorprender a la chica de la perla. Uno toma café en Montparnasse representando una postal que retiene en la memoria bajo el escueto título de “Yo tomé (o tomaré) café en Montparnasse comme il faut!”.

A veces los que se creen muy listos e inhumanos intentan romper la búsqueda de postales. Pero hay tanto sueño suelto (y roto) por este universo que en los ataques de originalidad uno se encuadra en las aguatintas de Rimbaud insultando al universo como poeta de quince años. Hace postales de simbolista rebelde. Rimbaud fijaba vértigos. La mayoría coleccionamos postales.

N. Rockwell: Shuffleton's Barbershop (1950).Portada de The Saturday Evening Post, Abirl 1950

4 comentarios:

MARIEL dijo...

El final me hizo un nudo en la garganta. Y ahora no puedo desatármelo. Es culpa de la Bicefalina, que nos (me) describe también. Yo junto postales. Y juguetes. Sobre todo juguetes que representan a mis animales preferidos. Tengo jirafas variopintas en lugares estratégicos de la casa, es decir, las zonas propensas a arrastrarme a la melancolía.

Creo que los Hnos. Marx debían llorar mucho en privado. Y Chaplin también. Creo que Keaton se encerraba en el baño para llorar. Y creo que todos ellos coleccionaban postales. Y si no lo hicieron, es como si lo hubieran hecho, porque sé de qué estás hablando.

La ternura inefable se apoderado de las dos cabezas y tendré que volver a ella. Tu escritura me recordó, esta vez, un ensayo precioso de John Berger, "El alfabeto del amor según Modigliani". Debería estar a su lado.

P.S.: Ahí terminé mi entrada sobre Gabriela. Tu comentario llegó en plena construcción de esa entrada. Fue bello sentir ese contacto. Gabriela es una persona entrañable para mí y necesitaba decir algo sobre ella y su credo político del cuerpo, que es también el mío. Quise que estuvieran no todas, pero si varias de sus fotos.

Besos emocionados.

MARIEL dijo...

"Esa cierta congoja que no sabe decir su nombre" es la precariedad. Las postales eternizan los instantes que se comerá el tiempo.

Ejecutamos gestos aprendidos de las postales. Y eso nos vuelve tiernos y vulnerables como ellas.

LUG dijo...

Nada digo sobre tus comentarios a mi texto. Remito a tu entrada de hoy:
http://pajarodechina.blogspot.com/2009/08/la-cicatriz-de-gabriela.html

La fuerza de la precariedad y su joven víctima merecen hoy las palabras.

MARIEL dijo...

Estamos en sintonía fina, ¿no? Seguro que Gabriela tenía postales. Sus propias fotos lo son, de algún modo. Postales del propio cuerpo, que enfrenta la precariedad con toda la dignidad que le ha sido dada.

Gracias, Bicefalina mía (bueno, sí, me apropio de lo que quiero, ya lo sé).