martes, 4 de agosto de 2009

Beatitudes y pequeños placeres de un hombre sencillo (TRÍPTICO)


A quien me ha dejado sus ojos y sus palabras para visitar una cafetería en Montmartre, una senda en el bosque de Baden-Baden y la cálida arena de la Costa Azul


I

Tras noche inquieta, asolada la conciencia de malestares diversos, el que suscribe se ha despertado muy pronto pero ha aguantado en la cama de tal suerte que volviendo a caer (no sin esfuerzo) en la suave inconsciencia ha soñado con una antigua alumna que le ha dado un afectuoso abrazo y le ha sonreído con amabilidad no escrita, haciéndole partícipe, en una conversación llena de amistad y buen ánimo, de su proyecto de rodar próximamente una película. He conseguido levantarme feliz al 55 %.


Que conste - ¡honor y gloria a los sueños, las palabras compartidas y las caras bonitas ! - en Quintanilla de las Carretas, a 1 de agosto de 2009.


II


Estoy en mi ciudad natal. Una ciudad soberbia que sólo se llama ciudad. Mi ciudad es famosa por su pasado fascista y ultracatólico, por sus morcillas y el Cid Campeador. Pero ya no es para tanto. Siempre me han gustado de mi ciudad los largos paseos y los cambios bruscos en lo meteorológico. Supongo que ella nos hace a todos un poco raros.

El sábado 1 de agosto, feliz al 45 %, estuve de compras por el mercado y puede contemplar lo que los locutores de televisión anunciaban: cambio en las temperaturas y lluvia. El gris fue invadiendo una mañana más o menos despejada. Era un gris brusco, espeso, como de fin del mundo. Me metí en mi coche. En Radio Clásica sonaba una cantata de Bach. No había interferencias. Frente a mi, en un semáforo en rojo, un árbol recio era agitado por la lluvia y el viento. El árbol luchaba pero se sabía a merced de sus enemigos. Bach subrayaba el combate y la derrota, la gloria de mi mirada que podía contarlo y cierto heroísmo sin norte del árbol. Me sentí bien. Feliz, en un instante, al 85%. Faltaba alguien a quien contar el éxtasis sin que se riera de mis tonterías. Se lo intenté comentar a mi ángel de la guardia. Pero no estaba. Ahora, cuatro días después, os lo cuento a vosotros.


A mayor gloria de la mirada



III


Regalo un paseo a mi tristeza. No en vano cumple años como yo. Es el día dos de agosto. Salimos del coche cansados. Ella me pide retornar a la caverna así que procuro que el cuerpo, con su fuerza animal, la arrastre si es preciso por el bello parque. Veo agua pulverizada iluminada por el sol. “Tonto, me dice ella, no vas a conseguir convencerme con tan poca cosa. ¡He visto ya tantas fuentes!”. Hojeo un libro sobre Norman Rockwel. Lo compro. Mi tristeza lo mira y sonríe. “Menos mal que no has comprado nada de los expresionista alemanes” – me dice. Vemos a los niños y a los policías de Rockwel, las portadas navideñas. Nos dirigimos a nuestra cafetería habitual. Me gusta el jazz que suena suave. A ella también cuando está tranquila. La máquina de café me desea un buen día ( have a good day). Leo el artículo en Público de Luna Miguel. Un artefacto sex-pol. Me río. Sonrío. Ella, la tristeza, me arropa con su suave lienzo y me acaricia el pelo. Nunca llegaremos nada pero es bonito sentirse querido por alguien que siempre va a tu lado. Y procuren no imaginársela cuando se pliega sobre sí misma y se enfada.



A mayor gloria de la tristeza cuando es un lienzo suave que me cubre el alma.



Imagen: Baden-Baden


5 comentarios:

MARIEL dijo...

Mi querida Bicéfala: Es un remanso leerte en estado de beatitud y pequeños placeres. No es virtud de tu ciudad ni de ese sábado. Es virtud de tu ojo y de tu espíritu, que los miraban y experimentaban de esa forma. Es tierno que la tristeza nos arrope, de vez en cuando, pero la que suscribe, con los años, va intentando huir de la melancolía como una peste. Acercarse también a Rockwell y no sumergirse tanto en sus queridos Grosz o Dix. Ya lo dijo Mme. Demot, que lo dijo Milton. Y aunque no lo hubiera dicho Milton, carajo, lo digo yo, que para algo han tenido que servirme los quirófanos a los que (intuyo agudamente) la melancolía me ha conducido de su mano.

Me emociona también la sincronía de haber subido, ambos, entradas plácidas y sencillas, simultáneamente.

¿Para qué escribimos? ¿Para qué entra uno en un blog para escribir "entradas"?

Yo siento que para encontrar hermanos a la distancia y sentirse menos solo, para expandir en altura y profundidad su mundo y para reconocerse en el otro, haciéndolo parte de su constelación.

Besos de bosque de Baden Baden.

urd dijo...

¿Ha sido tu cumpleaños? Muchas felicidades.
Te cambio Baden-Baden, o Burgos, por este erial con los ojos cerrados.

LUG dijo...

Mariel:
la cuestión es la sintonía fina, de la que hablabas hace unas semanas, que se encuentra con escrituras diversas con las que uno cuadra sus oscilaciones y posibilitan que nuestro espectro cromático baile con otros. Así de simple o complejo, no sé.
La blog engancha. Es una forma de intimidad en la que, lo que normalmente conocemos de las gentes, es desconocido (rostro, ocupación, imagen pública limitada, rabietas...) En la blog, cuando hay sintonía fina, lo profundo y lo superficial se invierten.

Me gusta cuando coincidimos y, más cuando discrepamos (compartimos una mirada que busca "la ternura de las cosas" pero, creo, yo tiendo a ser más hobbesiano que usted --- ya sabe: no nos une el amor sino el espanto).

Salud y mirada.

LUG dijo...

Amigo URD:

incluso en el erial puede trabajarse la mirada para ver colores. Haz un esfuerzo, tío, que la luz del verano sólo se ve en verano.

Salud!

Susana dijo...

Cada una de las -cefalias del bi- tiende hacia un lado. Una, vieja conocida, la tristeza, con quien llega un punto que puede uno entenderse bien. La otra, la orgullosa de porcentajes crecientes, la que aprecia incluso la lluvia inesperada, los sueños amables y, por supuesto, conservar ángeles guardianes.

Qué bonito es compartir grandes tristezas, como la de mis dos animales favoritos de los últimos tiempos: Tortuga y Pájaro. Se te lee con una sonrisa hermana. Por momentos, de bicefalia alarmante.

Un abrazo.