miércoles, 5 de agosto de 2009

INSTALACIÓN (Amonal)


Miran todos - y son muchos - el edificio destruido por la bomba. Hacen fotos el domingo y hacen fotos de domingo. Abandonaron sus casas para acercarse al lugar aunque ya han pasado varios días del atentado. Es una ceremonia de museo, amonal-instalación de los hijos de la serpiente y el hacha. Querían traer Beirut al centro de la meseta. Un Beirut que no refleja sus ruinas en el azul del mar sino, aquí y ahora, el los rastrojos del trigo recién cortado. Una amonal-instalación para matar (aunque no mató) y para dar miedito (cada vez menos, la costumbre).

La gente mira el edificio y no se explica la ausencia de muertos. Los muertos que no tuvieron lugar bailan invisibles alrededor y todos se acercan a sentir su tacto. Sabemos que al menos uno de esos muertos invisibles tiene nuestros rasgos o el de nuestros hijos. La gente mira y trata de apresar a su doble. Como si la amonal-instalación que no ha logrado matar se hubiera quedado insatisfecha y buscara entre los fantasmas nuevos muertos, tomara la afiliación en el atestado a al doble de cada uno de nosotros y nos dejara la marca de la muerte, esa muerte cercana que te ronda cuando bajas del hiper y estalla el artefacto o, por extensión, el virus se cuela por tus epitelios o el melanoma palpita con excitación de feria (feria de muerte).

Y luego se centra la mirada en la casa, en el objeto. La bomba - no sus autores replicantes - genera un objeto artístico, una provocación a la entrada de la ciudad por la vía norte. Acantilado de hormigón. Hay un mordisco en el erecto edificio amarillo, amarillo feo, amarillo que no signa a las clases altas ni a las élites. Las casa cuartel son feas (ya en el nombre) y encierran en su interior miedo, sueldos bajos, oficio extraño. Antes se decía hijos de obreros. Pero ya nadie entiende de (esas) palabras.

Mi ojo, desde el coche, se fija en el objeto. Tiembla por el mordisco en el gran falo amarillo. Pero en seguida mi mirada se centra en la gente. La gente que mira y que extrañamente soy yo, aunque esta vez no haya muertos. Nos une el miedo y recogemos a los fantasmas de los no muertos, a nosotros mismos en el futuro. Y luego miramos el edificio. Signo desnudo. Artefacto artístico que no cabe en ningún museo. Cinta roja de no pasar. Restos de guantes. Mil ventanas rotas. Un eco que recorre alma, cuerpos y revienta las alarmas de los coches. Que seamos capaces de crear belleza en las cercanía del horror no sé si nos dignifica. Nos define como extrañas y contingentes criaturas. Las que debieron morir y no lo hicieron.

2 comentarios:

MARIEL dijo...

Menudo tema, Bicéfala. Los efectos de la bomba como objeto artístico. La belleza del horror (que dejen el edificio así o que implosione, pero que no esteticen su esqueleto mordisqueado, convirtiéndolo en la casa de las Annas Frank que no pudieron ser). La atracción de lo siniestro. La muerte que se lamenta porque esta vez se le escaparon unos cuantos. ¿O los dejó ir? Mujer de imprevisible carácter, a la que solo cabe oponerle la alegría. Y quizá la escritura. U otros instrumentos más ácidos y corrosivos, como corresponde a mi hobbesiana Bicéfala (Ella, la Chica-quien-quiera-que-sea, debería decirte: "soy tu loba, tu loba, y estoy aquí para devorarte la cabeza del espanto y lamerte las heridas de la del amor").

LUG dijo...

La hobbesiana tortuga fue adolescente lobo estepario. Huellas quedan. ¡Voto a brios! Ahora me siento - con la lectura - mosquetero. Ladie Winter se escapa y es preciso descubrir la marca. Que nada nos devore(salvo la escritura) el espanto si nos deja ciegos. Que nadie lama heridas porque la anestesia puede impedir la andadura - cuestión: ¿es toda herida de alma herida de amor? Respuesta provisional (sea la voz del doctor Lector) no,no, no... .

Caminemos.